Hija del capitalismo aplastante

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Como parte del curso de redacción: crónica en Plaza Las Américas

I.
Este año Plaza Las Américas celebra cincuenta años de apertura. Desde 1967, cuando los hermanos Fonalledas decidieron construir el primer centro comercial en el país, Plaza las Américas ha sido el “centro de todos”, para la comunidad y la familia.

       Caminar por los pasillos infinitamente laberínticos es un reto, siempre me pierdo. He caminado todo el centro comercial en busca de algo tan y tan específico que nunca encuentro nada porque me rindo de caminar. Mi sentido de dirección en el mall es pésimo. Y qué decir del estacionamiento: 4 de las 5 veces que voy al mall al año, nunca encuentro mi auto en el mar ridículo de carros estacionados unos al lado de otros, ocupando espacio nulo de gratis.

     A veces pienso que, si tal vez se pudieran construir avenidas al aire libre con comercios a ambos lados en todas las tierras ocupadas por los   multipisos, y si tal vez se tuviera una planificación de movilidad ideada para la accesibilidad del transporte público, no tuviera que venir al mall en auto ni perdería tiempo buscando una kia soul gris en el medio de la nada. Hay que volver a apropiarse de las calles. El centro comercial promueve un estilo de compra en masas que solo le beneficia al centro comercial.

       ¿Qué hace que este centro comercial sea el más importante en el caribe, siendo parte del monopolio Plaza del Caribe en Ponce, Tres Monjitas, Starbucks, Cream & Softy, y otras compañías de retail y de realty?

     Cae nieve artificial en la plaza central y Santa Claus se toma fotos con los hijos queridos del 84% de los puertorriqueños del área metropolitana que lo visitan. Aunque la isla sea 100×35, relativamente pequeña, al crecer en Aibonito, pueblo en el centro sureste de la isla, nunca fui a Plaza Las Américas de niña ni de adolescente. Aunque de seguro fue parte de las salidas con amigos y las fotos en MySpace de mucha gente de mi generación, para mí el mall más lejos que podía visitar siempre fue el de Las Catalinas en el pueblo de Caguas y si era que el carro no se nos apagaba en la autopista.

       La economía del país se sostiene en lo que representa Plaza Las Américas:  comunidad, arte, familia. Brinda la ilusión de orden, de que todo está bien, aun después del huracán María y de la depresión económica que sufre la isla, al menos los jóvenes que aún restan en la isla (que viven o semudan a San Juan) pueden trabajar al mínimo y con condiciones inestables de empleo. Al menos puedes ir y sentarte en la fuente frente a Macys, que gracias al financiamiento más grande que ha hecho el primer banco del gobierno en la historia, de doscientosciecuentamil, fue traído a ustedes, a los consumidores más agresivos de las islas mayores y menores del mar caribe.

II.

         Ya no está Borders, pero ahora está la Librería Norberto. Encuentro un libro de Rilke, Versos de un joven poeta. Discuten allí la primera publicación de una periodista muy importante en el país sobre un caso de violencia de género y abuso de poder. Es sobre un escándalo del alcalde del pueblo más rico en la isla, que forma parte del partido político azul, partido que los Fonalledas apoyan con donaciones y compras de terreno por la mitad del precio justo sin irse a subasta y con contrato directo…

            Antes de llegar allí había entrado a una tienda de espejuelos, pero, aunque tengo que llevarlos puestos todo el tiempo, me aburrí rápidamente porque me parecieron todas las monturas iguales y ridículamente caras para algo que debería ser económicamente accesible al ser una necesidad médica con la cual no puedes ni guiar, ni trabajar, ni vivir…

           Por eso la gente prefiere ahora comprar los espejuelos online, como muchas otras cosas, ¿qué hará el centro comercial para sobrevivir? ¿Morirá el centro comercial? De seguro los viejitos continuarán yendo a la “Terraza” a sentarse allí a jugar dominó y a ver a la gente pasar. De seguro continuarán los viejitos yendo a plaza a hacer ejercicios en tenis ortopédicos y bastó. ¿Pero cuando la última generación de viejitos del mall desaparezca?

          Las tiendas se cansarán de lanzar especiales, la nieve artificial caerá para ningún niño en la plaza central, Santa Claus solo se tomará fotos con los mismos duendes que trabajan con él.

          Ya es hora de moverse a otra economía que no sea la de entregarle todo nuestro dinero y nuestros impuestos a un solo centro económico y a una sola familia que domina el monopolio. Ya es hora de devolverle las calles a los pedestres y que se promueva un tipo de espacio comercial al aire libre, como el Paseo De Diego, tan muerto en Rio Piedras, o las plazas de mercado.

        Al final, después de caminar durante una hora y media en el centro comercial, me compré un té frio de hibiscos y mangó en Starbucks y estuve al menos quinceminutos buscando mi guagua en el multipisos. Me había equivocado de piso y la guagua estaba en el piso de abajo. Cuando la encontré al fin, un guardia en motora de guardia palito en centro comercial me dio tremendo susto cuando se paró frente a mí y me dijo:

– “ah, le había dicho por walkie talkie al compañero que estaba sonando la alarma de una guagua, que bueno que la encontraste”.

–  respondí confundida …

“sí sí, es que me equivoqué de piso, gracias”.

    sonreí, me monté en la guagua y puse el aire acondicionado al máximo.

¡Qué calor!

Soy hija del capitalismo aplastante.

PARA ESCUCHAR … “dame un momento pa’ probar de que estoy echo oh oh eh eh …” 
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CÓRTAME LA SOMBRA

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“Quiero vivir sin verme.
Y hormigas y vilanos,
soñaré que son mis
hojas y mis pájaros.” – Canción del naranjo – Federico García Lorca

 

I

Espero el autobús fielmente a las seis de la tarde. Los pájaros negros danzan en el cielo. Las horas con calor son eternas. Un hombre se sienta a mi lado. Lee un libro corto y se ve muy metido en la lectura. – ¿Qué lees? – le pregunto, porque la curiosidad me lleva a todas partes, y el hombre se levanta del asiento y declama en voz alta:

“Leñador,

Córtame la sombra

Líbrame del suplicio

De verme sin toronjas”

 

El hombre de chaqueta oscura y cuello alto lee a Lorca, un poema a las naranjas.

-La sombra me persigue- añade el hombre al final cuando termina de leer.

– ¿Qué sombra? –

-la sombra de los días que no estoy con ella, hace dos meses que se fue-

– ¿qué paso con ella?

-consiguió trabajo fuera y se fue del país. –

-entiendo, lo siento mucho por ti, pero que bien por ella ¿no? –

El hombre sonríe.

– ¿Te gustaría un café? hay uno a la vuelta de la esquina-

-claro, vamos-

Ese día perdí el autobús y nunca llegué a casa.

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II

Ahora soy un árbol al que le pesa la sombra y me han quitado todas las naranjas. Esa tarde cuando acepté la invitación del hombre al café, el hombre me contó que era leñador y que tenía una finca de árboles de naranjo. Luego del café, el hombre me invitó a ver la finca que quedaba a las fueras de la ciudad; acepté. La finca parecía infinita de árboles, un espectáculo a la luz del crepúsculo. Aún quedaba tiempo de luz por ser verano así que hicimos un recorrido visitando los árboles favoritos del leñador.

-Aquí esta mi madre enterrada- comentó el leñador.

-en este otro esta mi primera esposa- añadió.

-aquí, mi hija- continuó.

-aquí en este, mi segunda esposa- no dijo nada.

Llegamos al último árbol, el más cerca de la casa. No quise preguntar porque ya me sospechaba la respuesta. En ese árbol de seguro estaba la esposa que se fue a trabajar fuera del país. Hasta ese momento no había caído en cuenta de la situación. Sí, estaba con el leñador, el asesino en serie mas buscado del país. Hace dos meses hubo una joven reportada como desaparecida. La última vez que la vieron fue en la parada de autobús.

-Aquí yace la tercera esposa, fue una mentira blanca eso de que se fue fuera del país a trabajar. Tú serás la siguiente- dijo con voz tranquila y apaciguada.

Yo no podía respirar. No había escapatoria.

-voy a cortar tu cabeza. Es la única manera de liberarte de tu sombra-

– ¿mi sombra? ¿De qué hablas? estás loco-

-la puedo ver detrás del iris de tus ojos, tu no quieres estar viva y esa sombra te persigue. Yo te haré el favor-

Intenté correr, pero fue en vano. Todo oscureció. Se acabó.

Ahora mi cabeza es también raíz de árbol de naranjo.

© DERECHOS RESERVADOS 2018

 

PARA ESCUCHAR

Marta Gomez – Canción del naranjo (Lorca)

 

 

LA ERA DEL CALL CENTER

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Bienvenidos al norte del piso décimo con vista a las luces ciegas de la ciudad. Durante las noches trabajo en un call center.

Mi turno de diez de la noche a siete de la mañana acumula ojeras violetas, dolores de estómago, bostezos inconclusos y lecturas fragmentadas e interrumpidas…

por las llamadas de los insomnes caribeños que se bebieron la pastilla de dormir, pero que todavía no les ha hecho efecto. El call center es un centro de muerte.

Bienvenidos a las sillas que moldean tu espalda en U; ya parezco una silla con ruedas si me miran de lado.

La hora muerta es la hora de las risas a carcajadas; tenemos sueño y las palabras salen borrachas de la boca.

Hay unos que estudian durante el día y no duermen nunca, hay otros que beben café como si fuera agua. Somos un manojo de ojeras y movimientos motrices a paso lento; perezosos al ataque con teclado y ratón.

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A veces camino en mi hora del break y doy vueltas por todo el piso para calmar las ganas de romper una ventana con una silla de oficina, lanzarme al vacío y respirar libre, al fin. Se que todos allí se sienten asfixiados, unos más que otros, pero todos, si pudieran, también se tirarían por la ventana

…o cogerían un paperclip y lo pegarían al enchufe de la computadora, y se volverían una con ella; se electrocutarían.

Lo curioso es que la mayoría de los que están allí son artistas peor pues, las cosas están malas y hay que comer y pagar las deudas…  Yo escribo, por ejemplo, hay otros que son diseñadores gráficos, otros artistas plásticos, otros clowns de circos, otros maquillistas profesionales, otros malabaristas de ideas y filósofos, otros trabajan con números y calculan la magia.

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El call center esta veinticuatro horas, siete días a la semana, y no es mejor por el día que durante la noche, en el día las ganas de matarte serán más fuertes; durante la noche serás un búho solitario insomne con cara de zombi y estarás tan casado que también querrás matarte o al menos beberte la botella completa de vino tinto que dejaste en la nevera, a pesar de que sean las seis de la mañana y tengas que ir a trabajar otra vez a las nueve de la noche.

El tiempo muerto lo despejo con distopías, con poemas de la biblioteca, con 1984, con Idea vilariño y Lovercraft. Cada hora me levanto y voy al baño porque la principal función del frio de nevera del edificio es proteger a la computadora, no al pedazo de carne que se sienta frente a ella.

La era del call center es la era de los milleanials y de los centennials recién nacidos en mil noviecientos noventa y siete;

la tecnología es una extensión neuronal en nuestras cabezas y el call center lo sabe.

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El lunes de la semana anterior tomaba un baño y de la oreja me saqué un cable del largo de un 1cm. Parecía que tenía una bocina diminuta en uno de los extremos del cable y en el otro, un conector color dorado que sobresalía. En recursos humanos me explicaron que estaba en mi contrato la implantación de tecnología que, según las necesidades de la empresa, sea en beneficio de la misma. Me reemplazaron el cable por otro.

El call center es un verano infernal con aire acondicionado y comida chatarra a un dólar accesible 24/7. Muérete.

© DERECHOS RESERVADOS 2018

 

MUSICA PARA ESCUCHAR:

Harry Potter and the Prisoner of Azkaban Score: The Knight Bus

 

Los niños arqueólogos

     La playa puede ser a veces un lugar de encuentros misteriosos.

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Caminaba por la playa del malecón de La Perla y me encontré con un niño arqueólogo. Sí. Un niño arqueólogo que vive allí.

Suelo ir a veces a esa esquinita de playa a meditar y a escuchar las olas del mar. Nunca hay nadie, pero tan pronto comencé a caminar por la playa, vi al niño desde lejos. Yo quería estar sola, así que ver a un niño aparecido era un inconveniente. Decidí sentarme en contra de la pared de una infraestructura abandonada, encender un cigarrillo y simplemente esperar a que el niño pasara y lo siguiera de largo. Pero el niño no se fue.

El niño excavaba con su bastón de palo de madera en la arena.

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Y así excavó hasta que llegó a estar bien cerca de mí y de la pared.

El niño me pidió ayuda con la arena para encontrar a un cangrejito de caparazón dorado que el mismo había enterrado. De la arena sacaba rocas, caracoles, vidrio molido, metal oxidado de barcos españoles o barcos piratas holandeses. No me quedó remedio que empezar a ayudarle. Me contó que vive hace poco en La Perla con sus padres y su hermana mayor. Debe tener unos diez años. Mientras excavábamos, el niño arqueólogo se dedicó a describirme los objetos fantásticos que ha encontrado en la playa. Una vez encontró una cabeza humana, según su descripción, le pregunté si tenía piel o carne la cabeza y me dijo que no, que solo eran huesos, así que encontró una calavera humana con los ojos puestos al lado y otros huesos del cadáver, que debió haber estado enterrado ya hace mucho tiempo.

– “¿Y qué hiciste? ¿Se lo dijiste a tus padres?”,

“Sí y le pegaron fuego a los huesos y los volvieron a enterrar”.

En otra ocasión con su detector de metales encontró una pistola con moho,

-“la boté para el mar”.

– “es lo mejor que pudiste hacer”- le dije.

-“También hace dos semanas mataron a dos y yo encontré las dos pailas de pintura con las cabezas adentro y la pistola al lado”.

Hubo silencio.

          “Deberías ser arqueólogo, ¿sabes lo que es un arqueólogo”?

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–“no”,

– “es un científico que se dedica a encontrar objetos debajo de la tierra para poder saber la historia de los humanos, podrías encontrar huesos de dinosaurios o huesos de indios taínos”.

“Una vez mi hermana me contó que en Caimito había una niña en el bosque y que a esa niña vino una nave de aliens y se la llevó. Ya debe de ser de un alien ella también”.

Otro silencio.

El niño excavaba en la arena mientras yo le contestaba las preguntas de qué era cada cosa que encontraba,

– “esto es plástico, esto puede ser carbón, esto es una pastilla, no te la comas…”

– “te la llevas para que la analices, puede ser una droga”,

– “claro”.

 “Una vez encontré aquí los huesos de un perro”. “También una vez encontré un pez brincando en la arena, cogí fuego y lo prendí”.

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Al rato el niño comenzó a reírse y a señalar algo detrás de mi espalda,

– “vienes con un bastón, ¿qué haces aquí?” preguntó intrigado mientras continuaba sonriendo.

Llegó otro niño  con un bastón largo de palo en la mano derecha; en la mano izquierda cargaba una paila azul de pintura. Se detuvo y le dijo al primer niño arqueólogo sentado frente a mí,

– “no excaves tan profundo que hay muchos huesos de perros, hace dos días se murieron dos chiquitos”.

La tarde cayó. Me despedí de los niños arqueólogos y les dije:

“no hagan muchas maldades, y que no encuentren muchos cadáveres de perros”.

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De camino a casa no dejaba de pensar en los niños arqueólogos, jugando con huesos de calaveras y viendo tanta muerte a flor de piel de arena, tan frente al mar azul caribe que es la sala de su casa. Los niños arqueólogos de la orilla, niños invisibles. Si yo hubiera sido la niña del bosque de Caimito, también me hubiera ido en la nave con los aliens y les hubiera dicho que pararan en la playa del Malecón de La Perla.

© DERECHOS RESERVADOS 2018

 

PARA ESCUCHAR:

g.f. haendel – water music