Los niños arqueólogos

     La playa puede ser a veces un lugar de encuentros misteriosos.

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Caminaba por la playa del malecón de La Perla y me encontré con un niño arqueólogo. Sí. Un niño arqueólogo que vive allí.

Suelo ir a veces a esa esquinita de playa a meditar y a escuchar las olas del mar. Nunca hay nadie, pero tan pronto comencé a caminar por la playa, vi al niño desde lejos. Yo quería estar sola, así que ver a un niño aparecido era un inconveniente. Decidí sentarme en contra de la pared de una infraestructura abandonada, encender un cigarrillo y simplemente esperar a que el niño pasara y lo siguiera de largo. Pero el niño no se fue.

El niño excavaba con su bastón de palo de madera en la arena.

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Y así excavó hasta que llegó a estar bien cerca de mí y de la pared.

El niño me pidió ayuda con la arena para encontrar a un cangrejito de caparazón dorado que el mismo había enterrado. De la arena sacaba rocas, caracoles, vidrio molido, metal oxidado de barcos españoles o barcos piratas holandeses. No me quedó remedio que empezar a ayudarle. Me contó que vive hace poco en La Perla con sus padres y su hermana mayor. Debe tener unos diez años. Mientras excavábamos, el niño arqueólogo se dedicó a describirme los objetos fantásticos que ha encontrado en la playa. Una vez encontró una cabeza humana, según su descripción, le pregunté si tenía piel o carne la cabeza y me dijo que no, que solo eran huesos, así que encontró una calavera humana con los ojos puestos al lado y otros huesos del cadáver, que debió haber estado enterrado ya hace mucho tiempo.

– “¿Y qué hiciste? ¿Se lo dijiste a tus padres?”,

“Sí y le pegaron fuego a los huesos y los volvieron a enterrar”.

En otra ocasión con su detector de metales encontró una pistola con moho,

-“la boté para el mar”.

– “es lo mejor que pudiste hacer”- le dije.

-“También hace dos semanas mataron a dos y yo encontré las dos pailas de pintura con las cabezas adentro y la pistola al lado”.

Hubo silencio.

          “Deberías ser arqueólogo, ¿sabes lo que es un arqueólogo”?

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–“no”,

– “es un científico que se dedica a encontrar objetos debajo de la tierra para poder saber la historia de los humanos, podrías encontrar huesos de dinosaurios o huesos de indios taínos”.

“Una vez mi hermana me contó que en Caimito había una niña en el bosque y que a esa niña vino una nave de aliens y se la llevó. Ya debe de ser de un alien ella también”.

Otro silencio.

El niño excavaba en la arena mientras yo le contestaba las preguntas de qué era cada cosa que encontraba,

– “esto es plástico, esto puede ser carbón, esto es una pastilla, no te la comas…”

– “te la llevas para que la analices, puede ser una droga”,

– “claro”.

 “Una vez encontré aquí los huesos de un perro”. “También una vez encontré un pez brincando en la arena, cogí fuego y lo prendí”.

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Al rato el niño comenzó a reírse y a señalar algo detrás de mi espalda,

– “vienes con un bastón, ¿qué haces aquí?” preguntó intrigado mientras continuaba sonriendo.

Llegó otro niño  con un bastón largo de palo en la mano derecha; en la mano izquierda cargaba una paila azul de pintura. Se detuvo y le dijo al primer niño arqueólogo sentado frente a mí,

– “no excaves tan profundo que hay muchos huesos de perros, hace dos días se murieron dos chiquitos”.

La tarde cayó. Me despedí de los niños arqueólogos y les dije:

“no hagan muchas maldades, y que no encuentren muchos cadáveres de perros”.

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De camino a casa no dejaba de pensar en los niños arqueólogos, jugando con huesos de calaveras y viendo tanta muerte a flor de piel de arena, tan frente al mar azul caribe que es la sala de su casa. Los niños arqueólogos de la orilla, niños invisibles. Si yo hubiera sido la niña del bosque de Caimito, también me hubiera ido en la nave con los aliens y les hubiera dicho que pararan en la playa del Malecón de La Perla.

© DERECHOS RESERVADOS 2018

 

PARA ESCUCHAR:

g.f. haendel – water music

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MI OSCURO PASAJERO

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Mi oscuro pasajero me acompaña todos los días desde el 2014 desde que nací en el 91’ desde que me engendraron en el 90’. Mi oscuro pasajero se llama polvo blanco, se llama cajita de fósforo encendido, se llama tengo el alma prendida en fuego. Mi oscuro pasajero, el que marca mis ojeras, el que no me deja dormir nunca porque no quiero soñar con él, se llama puño en la cara, depresión, psicosis. Mi oscuro pasajero se suicidó en el 2014 con pastillas opioides porque es que la quinta es la vencida. Mi oscuro pasajero fue un rebelde, un rockero ochentero que le encantaba Ozzy Osbourne y fumar porros, y beber Heineken, y meterse perico para seguir escuchando Journey, y fumar más porros y beber más cerveza. Mi oscuro pasajero, no es un hombre, pero es oscuro y me parió. Mi oscuro pasajero escapó a los 17 años de casa y a los 26 me tuvo de un padre alcohólico que le encantaba jugar a los puños con su barriga de: “es nena ¿verdad? mira que esplayá’”. Mi oscuro pasajero es la sombra, es la pesadez, es el fondo inacabable de la tristeza que cargo en mis ojos. Mi oscuro pasajero se llamó Ida, y fue mi madre.

© DERECHOS RESERVADOS 2018

 

CANCIÓN PARA ESCUCHAR:

Sometimes she was just an actress
But you’ll never really know
A shadow moves across her face
You cannot see her soul
Unless she lets you
See her soul

 

 

 

EL QUE JUEGA CON FUEGO

Salgo del trabajo con la ansiedad a tope, con ganas de mandarlo todo a la mierda e irme al carajo. Me monto en el carro y enciendo un cigarrillo rojo e inhalo profundo el humo como si fuera un pez fuera del agua. Decido ir a un lugar secreto que conozco al cual a veces voy a distraerme con la vista panorámica de la ciudad. Desde ahí puedo ver el edificio donde trabajo.

Confieso que a veces me siento sobre la grama a mirar el horizonte e imagino que ante mis ojos el edificio estalla en mil pedazos y yo salto de alegría y hasta lloro de la emoción.

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Para llegar allí tienes que subir una cuesta en dirección a la “Hacienda Los Matojales”, y rápido a la derecha hay un estacionamiento y un cartel que dice: “Mirador La Torre”.

Me estaciono y camino rápido por la cera para entrar al mirador; muero de ansias de fumarme otra cigarrillo. Me gusta visitar este lugar porque nunca hay nadie, de hecho, el lugar esta clausurado; nadie sabe las verdaderas razones de porqué lo cerraron, pero la gente del barrio no deja de repetir que lo cerraron porque alguien murió ahí, no se sabe si a propósito o accidental. Yo no hago caso a los rumores. Camino para sentarme en el lugar de siempre y cuando estoy a penas a cinco pasos veo un reguero de moscas concentradas en danzarle a una gallina negra muerta.

Frente a la gallina había un plato semi-hondo de madera que guardaba maíz seco y almendras. Parecía una ofrenda. Salí corriendo del lugar.

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No porque tuviera mala espina, solo por respeto, por no incumbir en la energía de un ritual comprometido con el sacrificio de una vida. Cuando llegué a casa le conté a mis compañeros de piso lo que había presenciado y ninguno pareció creerme del todo. Uno de ellos me dijo: “eso es mala suerte… ¿qué son las semillas?, comienzos, ¿qué es la gallina? muerte a esos comienzos. Mala suerte”. El otro compañero de piso me dijo que de seguro todo fue una casualidad y no una causalidad visual como creía. yo insistí en que lo que vi sí fue cierto así que prometí  volver al lugar a tomarle una foto a la gallina con el plato de madera y las semillas.

Al otro día cuando volví me encontré con lo inesperado. Ahora no solo estaba allí la gallina y el plato de madera, ahora estaba siendo testigo de cómo un algo, un ente, un quéseyo’ que parecía humano, pero no lo era, yo sentía que no lo era; ahora estaba viendo como ese quéseyo’, la cosa esa vestida de blanco, se comía la gallina y se echaba puñados de maíz y almendras a la boca.

Por instantes sordos que me parecieron infinitos, cruce miradas con este ser que tanto puede ser un demonio como un extraterrestre, cualquiera de las dos cosas, y vi el éxtasis en sus ojos mientras chupaba sangre del cuello de la gallina. Bajé la mirada, pero la criatura continúo comiendo con gusto.

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Retrocedí lentamente intentando hacer el menos ruido posible y cuando lo sentí propicio, salí corriendo del lugar. Cuando llegué a casa mentí y acepté que era verdad, que todo había sido una casualidad y que la gallina ya no estaba. Me recomendaron dejar de ver películas de terror.

Esa noche tuve el sueño más extraño. Soñé con una casucha que se encontraba en el medio de un valle rodeado de montañas y árboles. Llovía a cántaros y yo caminaba hacia la casucha; la tierra parecía que se iba a abrir en dos de tan fuerte que azotaba la lluvia contra el suelo. Cuando llegué a la casucha, la puerta de paja estaba abierta y al asomarme lo que vi fue una mesa larguísima y un hombre vestido de blanco sentado al final de la mesa. En un parpadeo me vi sentada al lado del hombre que estaba comiéndose lo que parecía un guisado de gallina con maíz y leche de almendra. En un parpadeo me vi sentada al lado del hombre.

El hombre de blanco comía a toda velocidad hasta que, de golpe, paró de comer, me miró directamente a los ojos y me dijo: “no eres la única a la que le gusta soñar con edificios prendidos en fuego”.

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Desperté sudando y con las manos temblorosas. Son las seis de la mañana y tengo que ir a trabajar. Me doy una ducha con agua caliente e intento ignorar las imágenes aleatorias y yuxtapuestas en mi cabeza del hombre, cosa, queseyo, demonio o extraterrestre que pareció visitarme la noche anterior. De camino al trabajo el noticiero mañanero interrumpe la música de la radio y escucho lo increíble: “nos acaban de informar que ahora mismo hay un edificio prendido en fuego, sí, me confirman que es el Banco Colonial, las seguridades nacionales advierten a los ciudadanos a no acercarse a la zona cero del desastre…”

Sorprendida por la noticia y sin saber qué hacer, decido volver a casa. Le escribo un mensaje a mi jefa preguntando qué hacer y contesta que me quede en casa, que me mantendrá informada. Le doy vueltas al sueño que tuve la noche anterior mientras me bebo un té de limón y me fumo un cigarrillo y me parece surreal y terrible.

 

CANCIÓN PARA ESCUCHAR:

THE USED-LIAR LIAR (BURN IN HELL)